Harald de Noruega, el Rey que prefirió una plebeya a la reina Sofía Sofía de Grecia se decepcionó cuando Harald, que el martes 21 cumple 80 años, le dio calabazas. Manuel Román 2017-02-21
Ochenta años cumple este martes, 21 de febrero, Harald de Noruega. Y no tiene el más mínimo deseo de abdicar, siguiendo por otra parte la tradición en la milenaria monarquía de su país.
Únicamente se recuerda que hace unos años tuvo que ceder el trono
momentáneamente por unas semanas a su hijo Haakon, a consecuencia de una
operación cardíaca a la que hubo de someterse. Ya restablecido volvió a
recuperar sus poderes.
Tiene este monarca de ojos azules, ya calvo, con una facha impresionante, alto y corpulento como un roble, una historia sentimental digna de una novela rosa. En la segunda mitad de los años 50, reinando su padre Olav V, los reyes Pablo y Federica de Grecia visitaron oficialmente Oslo en compañía de su hija Sofía.
Los festejos que se sucedieron y en particular un baile de gala durante
el que Harald y Sofía formaron pareja desataron en la prensa
escandinava primero y en la europea en general después una oleada de
informaciones dando por seguro su noviazgo. Lo que era mentira. Sofía
tenía veintiún años y hasta entonces no había visto jamás al príncipe
noruego. Lo que sí admitía ella era esto: "Yo sé que hubo muchos
intereses para casarnos. Se provocaron encuentros, se hicieron
cábalas…". Precisamente quien al parecer manejaba los hilos para que los
dos jóvenes simpatizaran lo más pronto posible era la madre de Sofía.
Hay que situarnos en la sociedad de esos años y sobre todo en la
costumbre de las Cortes europeas en las que se organizaban casorios
entre príncipes herederos con princesas en edad de merecer, que se decía
entonces. ¿Mediaba el amor alguna vez? Es posible, pero antes que nada
prevalecían los intereses de Estado, la necesidad de matrimonios que
aseguraran la descendencia para que las distintas Monarquías pudieran
mantenerse. Y, bien por motivos protocolarios, por viajes, fiestas,
bodas de la nobleza, cierto es que Sofía de Grecia y Harald de Noruega
se vieron en varias ocasiones y ella, muy posiblemente, creyó estar
enamorada del príncipe, forjándose alguna ilusión impulsada por la reina
Federica. Ni que decir que las revistas como ¡Hola!, dedicadas
a personajes de la realeza nutrían sus páginas con elucubraciones
acerca de un enlace que se daba por seguro. Hasta que él hizo saber a su
presunta novia que no era ella con quien deseaba desposarse. Se
mantiene la creencia de que Sofía no se tomó bien aquella inesperada decisión
del príncipe noruego al darle, de una manera más o menos discreta, pero
que supo todo el mundo, unas soberanas calabazas. Aunque cuando ha
tenido ocasión de contarlo a algún periodista siempre ha mantenido que
el único hombre de su vida ha sido Juan Carlos, al que siempre llamó familiarmente Juanito. La Familia Real noruega | Cordon PressAhora bien, detrás de aquella posible boda que nunca ocurrió también existen muy posibles razones del por qué se impidió: por dinero, sencillamente.
¡Ojo!, que al leer esto cualquiera creerá que uno escribe chismes
improcedentes, sin sentido. Sepan nuestros lectores que, hasta hace no
muchas décadas, existía la costumbre en todas las monarquías del mundo
que la novia debía aportar una elevada dota a la hora de contraer
nupcias con el heredero de una Corona. Y en el caso que nos ocupa
Françoise Laot, veterana periodista de Point de Vue, investigó
en su día para afirmar que Sofía no se casó con Harald porque su dote no
complació al Rey Olav. El rey Pablo de Grecia solicitó del Parlamento
griego y del Gobierno de Constantino Karamanlis una dote de cincuenta
millones de francos, pero sólo le autorizaron la mitad, que es la que
rechazó el monarca escandinavo. Si aquello fue así, e insistimos en la
autoridad de la mentada colega y de su prestigioso semanario muy
relacionado siempre con las Cortes europeas, habrá que reconocer que
esos matrimonios de conveniencia, y con intereses económicos de por
medio, merecen el desprecio de una sociedad que cada vez se ha ido
sintiendo más alejada de los regímenes monárquicos, por muy democráticos
que fueran entonces los de Grecia y sobre todo los de Noruega, si es
que la historia sucedió como hemos contado.
Luego resultó que de quien estaba perdidamente enamorado Harald de Noruega era de una joven trabajadora de una fábrica de confección familiar, Sonia Haraldsen.
El noviazgo entre ambos llevado con todo secreto surgió en 1959, pero
procuraron que sólo fuera conocido por los más íntimos de la pareja. El
príncipe hizo lo posible para que su padre, el rey Olav, se fuera
enterando poco a poco de que salía con una joven, sin título alguno, a
la que deseaba convertir en su esposa aunque no fuera de sangre azul,
por puro amor. Desechaba cualquier otra posibilidad de enlace con las
princesas entonces casaderas. Cuando su padre se convenció de los deseos
de su hijo, lleno de cólera, con toda su firmeza, le ordenó que dejara a
aquella muchacha, instándole a que como heredero de la Corona noruega
buscara a una mujer de su mismo rango principesco. Y Harald, sin rodeos,
le dijo a su progenitor que si no bendecía su matrimonio con Sonia Haraldsen renunciaba a sus derechos y obligaciones,
no reinaría jamás pero sería feliz con la mujer de sus sueños, una
plebeya. Pasaron nueve años durante los que la pareja siguió viéndose en
lugares poco concurridos, alejados de los periodistas, por supuesto.
Hasta que Olav V cambió finalmente de opinión. El Gobierno noruego hubo
de aprobar aquella boda, que se celebró en la catedral de Oslo el 29 de
agosto de 1968. Y aquel príncipe solitario como era conocido entre sus
propios conciudadanos pudo por fin sonreir, del brazo de su bella
esposa. Tuvieron dos hijos, el heredero HaakonMagnus y la princesa Marta Luisa. Sonja, futura reina | Cordon PressLos matrimonios de esos dos hijos han creado no pocos quebraderos de cabeza en la Corte noruega. Porque Marta Luisa hubo de renunciar a sus derechos sucesorios al casarse con el escritor y artista Ari Behn.
Al fin y al cabo los padres de la princesa nada podían oponerse,
recordando su propio caso. En cuanto a la boda del heredero, el asunto
fue más difícil de aceptar, porque tuvo unos prolegómenos de escándalo
durante el noviazgo, que divulgaron todos los medios de comunicación. La
novia de Haakon, Mette Marit tenía un turbio pasado y
el rey Harald la citó en palacio para conocerla y escuchar de sus
propios labios cuanto contaban de ella en los periódicos del país. Mette
Marit no ocultó al monarca ningún detalle de su ayer, de los tiempos en
los que aún no conocía a Haakon. Y cuando acabó su confesión,
comprensivo, se dice que el monarca quitó importancia a esos chismes que
circulaban sobre ella, comentándole poco más o menos que, si no
existían otros problemas, podían los novios pasar página y casarse. Que
es lo que hicieron.
Pero ustedes querrán saber cuál era ese negro pasado de Mette Marit,
tal y como machaconamente contaba la prensa sensacionalista. Pues que
había tenido relaciones con un tipo llamado Morten Borg, de las que
nació un hijo, Marius. Y que el tal Morten acabó en la cárcel, acusado
de cometer tráfico de cocaína. Cuando supo que Mette Marit estaba
embarazada no quiso saber nada de ella. Y en esa situación, sin trabajo,
sin saber cómo hacer frente a la vida, apareció en un programa rosa de
la televisión de Oslo en 1990 contando su estado y ofreciéndose para
casarse con el primero que se lo pidiera. Y en éstas que, poco después,
estando ella en un festival de rock, conoció al príncipe Haakon, que se
prendó en seguida de los encantos de la muy espabilada Mette Marit, hija
de un periodista y una empleada de banca. Y ya quedó dicho que el rey
Harald autorizó la boda de la pareja. Se casaron y han tenido dos hijos:
Ingrid, hoy ya con doce años, y Sverre, de once.
En el pasado enero se han cumplido veintiséis años de la boda de los
actuales reyes de Noruega. Fue la primera vez que un príncipe europeo se
casaba con una plebeya. Han cambiado los tiempos y aquello ya es
pasado. No es difícil encontrar un parecido caso. Harald de Noruega y la
reina Sonia subieron al trono el 23 de junio de 1991. Siempre se los ha
considerado un matrimonio modelo entre todas las monarquías reinantes.
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