- 0
- Compartido 6 veces
- http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-vegetariana-raices-amargas-y-brotes-negros-201705120209_noticia.
En 1956, el escritor argentino Rodolfo Walsh propuso
-para una selección que de algún modo «compitiese» con la canónica
«Antología de la literatura fantástica» de 1940 enhebrada por Borges y Bioy Casares y
Silvina Ocampo- la categoría más difusa pero a la vez más amplia de
«cuento extraño». Es decir: relatos que no eran exactamente de monstruos
o de horrores pero que producían la sensación en el lector de que el horror o lo monstruoso estaba más cerca y más dentro de lo que se pensaba. Lo que nos lleva a exclamar: «¡Pero qué extraña es "La vegetariana"!».
Receta breve pero contundente sobre la base de tres zigzagueantes pero interconectadas novelas cortas (cuyo punto de partida es un verso del poeta Yi Sang: «Creo que los humanos deberían ser plantas») y cocido a fuego lento pero ardiente. Platillo con el que la surcoreana -también poeta, escultora y «songwriter»-, Han Kang (Gwangju, 1970) se volvió sabor de la temporada cuando ganó el Man Booker International. «La vegetariana» (publicado en su idioma original en 2007, paladeado allí como «best-seller» de culto y película de éxito) fue entonces el primero de sus títulos y la colocó en la primera línea con una historia que es pura retaguardia y sinuosidad y elipsis y rincones mal iluminados. Así, la trama aparentemente sencilla de la súbita decisión de una esposa en un gris hogar de Seúl, Yeong-hye, quien luego de «tener un sueño», decide dejar de comer carne (pero en realidad oponiéndose a toda muestra de «brutalidad humana» y opresión hacia las mujeres) provocando en los que la rodean náuseas y calambres estomacales y platos sucios y rotos. Especialmente en su marido, el mediocre señor Cheong, quien escogió a Yeong-hye por encontrarla previsible y común y, de pronto, siente que tiene en su casa algo a lo que ya no comprende ni quiere comprender. La de Yeong-hye es una abstinencia de signo bartlebyano-kafkiano. ¿La solución? Internarla en un psiquiátrico.
El segundo libro de Han, «Human Act», repite el operativo
pero abre el foco sobre las secuelas de la masacre de estudiantes de
Gwangju en 1980 con el apoyo de EE.UU. Leídos uno luego detrás de otro,
se comprende que su tema es el mismo: la incapacidad de digerir lo inexplicable expresado
en el idioma de la devastación. Pero, aún así, la obligación de tragar
hasta que una mañana se resuelve cerrar la boca y apretar los dientes.
Entonces unos deciden convertirse en árbol y otros en hacha.
Receta breve pero contundente sobre la base de tres zigzagueantes pero interconectadas novelas cortas (cuyo punto de partida es un verso del poeta Yi Sang: «Creo que los humanos deberían ser plantas») y cocido a fuego lento pero ardiente. Platillo con el que la surcoreana -también poeta, escultora y «songwriter»-, Han Kang (Gwangju, 1970) se volvió sabor de la temporada cuando ganó el Man Booker International. «La vegetariana» (publicado en su idioma original en 2007, paladeado allí como «best-seller» de culto y película de éxito) fue entonces el primero de sus títulos y la colocó en la primera línea con una historia que es pura retaguardia y sinuosidad y elipsis y rincones mal iluminados. Así, la trama aparentemente sencilla de la súbita decisión de una esposa en un gris hogar de Seúl, Yeong-hye, quien luego de «tener un sueño», decide dejar de comer carne (pero en realidad oponiéndose a toda muestra de «brutalidad humana» y opresión hacia las mujeres) provocando en los que la rodean náuseas y calambres estomacales y platos sucios y rotos. Especialmente en su marido, el mediocre señor Cheong, quien escogió a Yeong-hye por encontrarla previsible y común y, de pronto, siente que tiene en su casa algo a lo que ya no comprende ni quiere comprender. La de Yeong-hye es una abstinencia de signo bartlebyano-kafkiano. ¿La solución? Internarla en un psiquiátrico.
Las raíces de la locura
La segunda parte cambia de narrador: el cuñado y multiartista de Yeong-hye quien -a partir de otro sueño- se obsesiona con la mujer recluida y la convierte en disparador y objetivo de una instalación que acaba destruyendo su matrimonio. En la última sección toma el relevo In-hye, la sufrida hermana mayor de Yeong-hye, quien es testigo final del modo en que las raíces de la locura de la internada se internan cada vez más profundo en la tierra con su casi beatífica intención de mutar en un árbol: de dejar de ser vegetariana para -objetivo definitivo y sin retorno- morir primero para convertirse en vegetal después. «Ya no soy un animal», anuncia triunfal y consumida a sí misma Yeong-hye. Y lo más perturbador de todo: uno está de su parte. Más allá de lo anecdótico y de un argumento en el que nada es revelado del todo, lo que se impone y define y hechiza es la prosa de Han: una cadencia opiácea y sensual (y muy sexual) que a muchos recordará a la de Haruki Murakami, pero que aquí carece de todo dulzor epifánico o de consoladores gatos que hablan y más o menos esclarecen.
ADVERTISING
No hay comentarios:
Publicar un comentario