Podemos explicar el ciclo psicológico que vive España y porqué no se va a acabar nunca con soluciónes milagrosas asi : Cuando la adicción entra en casa Obsesión, falta de límites y negación son algunas de las conductas que adoptan los familiares de adictos, con lo cual ayudan a que la enfermedad persista Sábado 19 de mayo de 2007 Los familiares suelen sentirse con poca autoridad, y se transforman en cómplices de la enfermedad. Sus miembros son tan adictos como los que consumen, y por eso necesitan tratamientos y grupos de apoyo que les den las herramientas para salir adelante. Una forma son los grupos de familiares, donde hay "pares" con quienes compartir, afecto y el apoyo necesario para poder seguir con sus vidas. En estos núcleos se observa que el adicto logra un significativo lugar de poder. Consigue que el resto del grupo familiar acompañe proyectos ilusorios, promesas de abandonar el consumo que no se cumplen y situaciones de impulsividad a las que nadie puede poner freno. - Sus hijos no lo quieren en la casa porque desaparecen cosas y el ambiente es muy efervescente. Rubén, uno de ellos, hizo sus valijas hace 8 meses y nunca más volvió. Fernando, en cambio, se quedó, pero le tiene pánico. "Habla bajito y para adentro. Está como temblando todo el tiempo", cuenta María.
Obsesión,
falta de límites y negación son algunas de las conductas que adoptan
los familiares de adictos, con lo cual ayudan a que la enfermedad
persista
Sábado 19 de mayo de 2007
Es como si un huracán azotara sus casas y se llevase todo por delante,
dejándolos completamente indefensos, con los cimientos destrozados.
Llega sin avisar, cuando nadie tiene las herramientas para hacerle
frente y golpea con todas sus fuerzas.
Eso sucede cuando una adicción atraviesa las puertas de una familia y
perturba su funcionamiento. La dinámica de las relaciones, la
comunicación y la conducta de sus miembros cambian y se hacen
disfuncionales. La vida se transforma en un calvario que, parece, no
tiene fin.
"A causa de la mayor tolerancia social frente a las adicciones,
actualmente las familias concurren a la consulta con más años de
acarrear el problema, mayor desgaste emocional y con la adicción del
familiar más avanzada", sostiene Carlos Souza, director de la Fundación
Aylén.
La mayor tolerancia social frente a las drogasgenera que los familiares no estén tan atentos. * * *
Irene se avergüenza cuando recuerda las cosas que llegó a hacer para
negar el alcoholismo de su hijo Jorge. Desde drogar a su marido con
anfetaminas, hasta hacerse pasar por una inspectora de la DGI o "ubicar"
a su hija en otra casa que no fuese a la suya. La consigna era ocultar
el problema, pero, según expertos en la cuestión, semejante actitud
enferma a toda la familia y contribuye al desarrollo de la enfermedad. A
esto se le llama codependencia.
Irene sabe mucho de eso. Su hijo Jorge era muy depresivo y tenía una
personalidad compulsiva. A los 15 años empezó a tomar y se ponía muy
violento. "Me empecé a preguntar en qué había fallado como mamá y
comencé a sobreprotegerlo."
La codependencia genera síntomas como obsesión, falta de límites, y
conductas inapropiadas y de rescate, compulsión y control, deseos de
cambiar a la persona adicta, dejando de vivir para vivir la vida del
otro. "Yo no podía pensar en otra cosa. Le cerraba la puerta con llave
para ver cómo llegaba a casa", cuenta Irene, para quien recibir golpes
de su hijo era casi un hábito.
El día que Jorge la amenazó con un cuchillo en la garganta, tomó todo el
coraje reprimido y le hizo frente. "Desde ese día, nunca más me volvió a
agredir", cuenta.
* * *
Patricio llegó a Al-Anon (grupo de familiares de alcohólicos) escapando
de la violencia que se respiraba en su casa. Después de una paliza que
su padre le dio a su hermana, sabía que él era la próxima víctima. "Mi
hermana tuvo que ir a su graduación con anteojos negros y una herida en
la cabeza. Cuando uno ve sangre y corridas al hospital, se asusta
mucho", cuenta hoy, a los 36 años.
Su padre tomaba desde que él era chico y, con tan solo 8 años, pasó a
ocupar el lugar del "varoncito" de la casa. Eso lo transformó en un niño
callado y hermético.
Los familiares suelen sentirse con poca autoridad, y se transforman en
cómplices de la enfermedad. Sus miembros son tan adictos como los que
consumen, y por eso necesitan tratamientos y grupos de apoyo que les den
las herramientas para salir adelante.
Una forma son los grupos de familiares, donde hay "pares" con quienes
compartir, afecto y el apoyo necesario para poder seguir con sus vidas.
En estos núcleos se observa que el adicto logra un significativo lugar
de poder. Consigue que el resto del grupo familiar acompañe proyectos
ilusorios, promesas de abandonar el consumo que no se cumplen y
situaciones de impulsividad a las que nadie puede poner freno.
Todas estas características son las que sufre en carne propia María
todos los días. Ya no sabe qué hacer con su hijo mayor, Manuel, que
tiene 26 años y es adicto a la cocaína. No estudia, no trabaja y es el rey de la casa.
"Cada vez que sale, yo creo que no vuelve y que me lo traen en una
bolsa. Es mi hijo y no puedo dejarlo en la calle", cuenta esta madre
separada, de 45 años y con cuatro hijos.
Sus hijos no lo quieren en la casa porque desaparecen cosas y el
ambiente es muy efervescente. Rubén, uno de ellos, hizo sus valijas hace
8 meses y nunca más volvió. Fernando, en cambio, se quedó, pero le
tiene pánico. "Habla bajito y para adentro. Está como temblando todo el
tiempo", cuenta María. No tiene el dinero necesario para pagar una
internación y, por otra parte, Manuel no acepta el tratamiento. "Fui a
ver a los abogados gratuitos del Palacios de Justicia para hacer un
pedido de protección de persona para poder internarlo en el Borda",
explica María.
Son familias que están más acostumbradas a vivir en crisis que en
normalidad y que presentan una fuerte pasividad frente al problema. "No
tienen reglas y los padres siempre tienen una excusa para no hacerse
cargo", explica Liliana Bava, doctora en Psicología y colaboradora de
grupos de autoayuda.
No hablar
"Creo que siempre le faltó un oportuno cachetazo del viejo", dice Martín
sobre su hermano Juan, que a pesar de provenir de una familia de gente
sana y trabajadora empezó a consumir cocaína a los 15 años. "Ahí conocí
al monstruo en el que se empezó a convertir", cuenta.
En su casa terminaron aceptando el estado de las cosas como si fueran
normales y el gran problema fue no hablar. "Creo que el peor defecto de
la familia fue la tolerancia total", agrega.
Un buen día, Juan confesó su problema con las drogas y aceptó el
tratamiento, pero en el medio se le fue parte de la vida. "Hoy recuperó
el brillo en los ojos y su mirada no es más evasiva. Está volviendo a
ser el hermano de siempre. Hacía ya casi quince años que no lo veía y lo
extrañaba mucho", concluye Martín.
Asertividad
"Jamás se me cruzó por la mente que me casaba con un jugador
compulsivo", cuenta Ester al referirse a su ex, Antonio. "Al poco tiempo
comenzó a encerrarse en sí mismo, sin advertir frente a mis reclamos
que tenía una familia", cuenta. Cuando un desastre económico dejó al
descubierto su adicción por el juego, la separación fue inevitable.
La doctora Bava explica que lo que más ayuda en la recuperación es la
asertividad, el amor con límites. "Manejarse con firmeza y con claridad.
Yo te quiero, pero no quiero tus conductas. Conseguir un equilibrio
entre el yo que piensa, siente y actúa."
Así, Antonio llegó a Jugadores Anónimos (JA) y Ester a Juganon, que es
el grupo de familiares. "Encontré la contención y comprensión
fundamentales para mitigar el dolor que me provocaba el fraude, la
mentira y el quebranto económico", resume.
De a poco fueron recuperando la paz y el diálogo. Hoy trabajan juntos y transmiten un mensaje de esperanza.
Por Micaela Urdinez De la Fundación del Diario LA NACION
Fotos: Archivo/Gustavo Muñoz
Manuel, 66 años
"El almanaque de mi vida lo hacía el juego", dice Ezequiel, clavando su
mirada fija en sus manos, como echándoles la culpa de tantas angustias.
Mientras, desparrama recuerdos de errores que lo llevaron a jugar lo que
no debía o a sacar dinero de lugares equivocados. "Estuve 26 años
separado de mi mujer, y perdí mi trabajo por irresponsable."
A los 20 años, empezó a ir al hipódromo los domingos, pero luego esta
salida recreativa se transformó en un hábito. "El juego no me dejaba
elegir y dominaba mi vida. Siempre estaba pensando cómo podía conseguir
plata para seguir jugando. No me importaban ni mi familia ni mis
afectos."
Tiene un hijo de 41 años del que hoy se siente amigo, pero del que casi
no recuerda su infancia. "Si me preguntás a qué colegios fue no tengo ni
idea".
Una vez que se separó, nuevos horizontes lo llevaron a perder la cabeza
con la quiniela. Las deudas se iban apilando y eso no lo dejaba dormir.
"Hoy ya saldé todo, pero tuve que ir a dar la cara con tres bancos y una
tarjeta de crédito", dice.
Desde que nació su última nieta dejó de jugar y hoy se dedica a
disfrutar de su familia. Comenzó una recuperación difícil y dolorosa
junto con Jugadores Anónimos (JA), a la que le puso lo mejor de sí. "Es
el único lugar dónde uno puede hablar de lo que le pasa y lo entienden.
Empecé a trabajar en mis defectos de carácter y volví a ser honesto
conmigo mismo."
Hace casi 7 años que no juega, y asiste al grupo dos veces por semana.
"Hoy me considero una persona responsable. Ahora soy respetuoso del
juego, no le tengo miedo."
Marina, 29 años
Abrió los ojos. Se dio cuenta de que se estaba despertando en una obra
en construcción y que no se acordaba cómo había llegado ahí. En ese
momento, Marina se dio cuenta de que estaba tocando fondo y que el
alcohol tenía el volante de su vida.
Para esa época, desayunaba con cerveza, en el trabajo escondía las
botellas de alcohol en el baño y de a poco se fue alejando de todo lo
que más quería: su novio, su familia y sus amigos.
Hija de padres alcohólicos, reconoce que esa herencia tuvo en ella una
influencia determinante. "Nosotros a mi vieja nunca la respetamos porque
era la loca. No quería que fuese a buscarme a ningún lado porque me
daba calor. No se podía ocupar de nosotros, pero de alguna manera nos
arreglábamos", cuenta hoy, con sus 29 años y un diploma de Comunicación
Social bajo el brazo.
Proveniente de una familia de clase media-alta, es la tercera de cinco
hermanos. Sus padres se separaron y Marina todavía vive con su madre,
que hace dos años pudo dejar la bebida.
"Empecé a tomar fuerte en 2001. Me levantaba ingiriendo anfetaminas y
durante todo el día tomaba cerveza para tapar agujeros que quedaron en
mi vida. Quería borrarme de todo lo que me pasaba", dice con una
sinceridad impactante.
Sentía que de a poco se le cerraban todas las puertas y se quedaba cada
vez más sola. Sus amigas de toda la vida dejaron de confiar en ella. "Se
dieron cuenta de que cambié la gaseosa light por la cerveza. Me fui
aislando y cuando aparecía no me creían que iba a dejar de tomar".
Una noche se pasó de pastillas y de alcohol, y la internaron. Empezó a
ir a un hospital de día durante siete meses, de 11 a 18, y a las
reuniones de Alcohólicos Anónimos (AA), a las que sigue yendo todas las
semanas. "Hace 9 meses que dejé todo, pero mañana puede ser, ojalá que
no, que me tome todo", asegura con una sonrisa cómplice.
Consejos para el adicto y la familia
Tres causas
"Vos no lo causaste." La familia y el adicto se sienten responsables
por la adicción, pero tienen que entender que es una enfermedad.
"Vos no lo podés controlar." El adicto tiene la fantasía de que lo
puede controlar y el familiar siente que puede manejar al otro desde el
amor, o desde el control.
"Vos no lo podés curar." El enfermo tiene que pedir ayuda y aprender a
convivir con esta predisposición. Lo máximo que puede lograr es
desactivarla, pero no erradicarla. El familiar tiene que entender que no
puede curar al otro, pero que el acompañamiento es fundamental para la
recuperación
Tres soluciones
El tratamiento que más ayuda a los adictos y a los familiares son los
grupos de autoayuda, los 12 pasos. Y de las herramientas es el "sólo por
hoy", ir de un día a la vez te quita el miedo y la ansiedad.
Practicar la serenidad, conectarse con lo espiritual, con las cosas
importantes de la vida, disfrutar de la naturaleza, el arte y los
afectos.
El adicto debe buscar el sentido de la vida más allá de la adicción. Los
familiares tienen que recuperar sus vidas y concentrarse en sus
necesidades.
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